Aves by Ted O'Hare

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El destripador

A finales de l. a. dГ©cada de los aГ±os veinte se encontrГі en el barrio parisino de Saint-Denis el cadГЎver, brutalmente despedazado, de una mujer. El crimen y su estremecedor parecido con los cometidos aГ±os antes por Jack el Destripador despertaron l. a. curiosidad del poeta y periodista Robert Desnos, que decidiГі investigar a su vez l. a. historia de aquel legendario asesino del Londres Victoriano.

Elena sabe

Quickly after Rita s physique is located, the research of her dying is closed. Her mom seems the single one unwilling to renounce at the fact, yet racked via disease she is the least most likely candidate to head after a assassin. a tricky journey from the suburbs to the capital, an outdated debt of gratitude, and a revealing dialog, are the proof which are spread out during this novel a singular that uncovers the hidden faces of an authoritarian regime and the hypocrisy of society.

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Capítulo V Los mosqueteros del rey y los guardias del señor cardenal D'Artagnan no conocía a nadie en París. Fue por tanto a la cita de Athos sin llevar segundo, resuelto a contentarse con los que hubiera escogido su adversario. Por otra parte tenía la intención formal de dar al valiente mosquetero todas las excusas pertinentes, pero sin debilidad, por temor a que resultara de aquel duelo algo que siempre resulta molesto en un asunto de este género, cuando un hombre joven y vigoroso se bate contra un adversario herido y debilitado: vencido, duplica el triunfo de su antagonista; vencedor, es acusado de felonía y de fácil audacia.

D'Artagnan comprendió que sería contrariar a Athos no dejarle actuar. En efecto, algunos segundos después, Cahusac cayó con la garganta atravesada por una estocada. En ese mismo instante, Aramis apoyaba su espada contra el pecho de su adversario derribado, y le forzaba a pedir merced. Quedaban Porthos y Biscarat: Porthos hacía mil fanfarronadas preguntando a Bicarat qué hora podía ser, y le felicitaba por la compañía que acababa de obtener su hermano en el regimiento de Navarra; pero, mientras bromeaba, nada ganaba.

Y como D'Artagnan había sido el héroe de aquellas dos jornadas, fue sobre él sobre el que cayeron todas las felicitaciones, que Athos, Porthos y Aramis le dejaron no sólo como buenos amigos sino como hombres que habían tenido con bastante frecuencia su vez para dejarle a él la suya. Hacia las seis, el señor de Tréville anunció que se veía obligado a ir al Louvre; pero como la hora de la audiencia concedida por Su Majestad había pasado, en lugar de solicitar la entrada por la escalera pequeña, se plantó con los cuatro hombres en la antecámara.

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