24 Horas en la Vida de una Mujer by Stefan Zweig

By Stefan Zweig

Stefan Zweig se introduce en lo más intrincado de los angeles psicología femenina con su personaje important en esta obra. Fue uno de los pocos autores capaces de lograr tal reto.

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A finales de los angeles dГ©cada de los aГ±os veinte se encontrГі en el barrio parisino de Saint-Denis el cadГЎver, brutalmente despedazado, de una mujer. El crimen y su estremecedor parecido con los cometidos aГ±os antes por Jack el Destripador despertaron los angeles curiosidad del poeta y periodista Robert Desnos, que decidiГі investigar a su vez los angeles historia de aquel legendario asesino del Londres Victoriano.

Elena sabe

Quickly after Rita s physique is located, the research of her loss of life is closed. Her mom appears to be like the single one unwilling to renounce at the fact, yet racked by way of disease she is the least most likely candidate to move after a assassin. a tough journey from the suburbs to the capital, an outdated debt of gratitude, and a revealing dialog, are the evidence which are spread out during this novel a singular that uncovers the hidden faces of an authoritarian regime and the hypocrisy of society.

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Ahora... ". , otra segunda. Las nerviosas manos del joven tomaron varias monedas de oro y las arrojaron en el mismo cuadro. " y su raqueta limpió con, un solo movimiento toda la mesa, el joven siguió con la mirada, c cual si presenciase un imposible, el dinero que huía lejos. ¿Cree usted que se volvió hacia mí? ¡Ni por asomo! Me Librodot Veinticuatro horas en la vida de una mujer Stefan Zweig había olvidado completamente. Se hallaba como enajenado; extraviarlo en otro mundo; sus sentidos sobreexcitados no reparaban más que en el anciano conde ruso, quién, con entera indiferencia, tenía en sus manos otras dos monedas de oro, vacilando, sin saber dónde colocarlas.

Hubiera sido preferible llegar a la estación veinte minutos antes de la salida del tren... Pero consolábame pensando que toda aquella prisa no significaba una despedida, puesto que había decidido acompañarlo todo el tiempo que él deseara. A la vez que el mozo cargaba el equipaje, apremiaba yo al cajero del hotel para que me entregara la cuenta. Ya el "manager" me había dado el vuelto y me disponía a salir, cuando sentí que una mano me tocaba suavemente el brazo. Quedé helada. Era mi prima que, preocupada por mi fingida indisposición, acudía a verme.

Le sujeté por el brazo que levantaba en aquel momento: __iLevántese en seguida! --le dije despacio, pero imperativamente--. Acuérdese de lo prometido esta tarde en la iglesia. ¡Usted es un miserable, un perjuro! Me miró con fijeza, perplejo, pálido. Sus ojos de pronto adquirieron la expresión propia del perro vapuleado, temblaban sus labios. Pareció recordarlo todo y fue como si el miedo se apoderara de él... -Sí, sí. . -balbució-. ¡Oh, Dios mío!... Sí... Recuerdo... Voy en seguida... ¡Perdóneme!

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